Encontró su misión en la vida acompañando a personas con enfermedades terminales

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Analía se está por recibir de enfermera, colabora como voluntaria en casas especiales de cuidados paliativos y sueña con abrir un espacio propio.

Tras sufrir la muerte de su hermana mayor, como consecuencia de un cáncer, y la depresión de su esposo, Analía Duo (43) comenzó a encontrar su misión en la vida: acompañar a personas con enfermedades crónicas, especialmente terminales, a vivir bien hasta el último día. “Los ayudo a que puedan reconciliarse con sus familiares, puedan perdonar, dejar un legado, hacer las paces con ellos mismos, con los demás y con lo que nos trasciende. Atender de manera holística, personal y particular a cada uno. En especial, a personas en situación de vulnerabilidad, con escasos recursos”, expresa.

¿Qué importancia tiene en tu misión el hecho de estar estudiando Enfermería?

Como enfermera puedo cuidar de manera compasiva a quienes necesitan. Estar a su lado de una forma concreta, personal y puedo establecer un vínculo que le ayude al paciente o al huésped. Así es como lo llamamos en el Hospice, una casa de cuidados paliativos en donde se hospedan personas con enfermedades oncológicas que ya no tienen tratamiento de curación posible. A través de este vínculo ayudo a cada paciente a sentirse acompañado y amado. A saber que su vida es importante, sea cual fuere su situación, su pasado y su presente.

Cuando tuve la inquietud de ayudar en esta área, asistí a un Hospice como voluntaria durante casi un año, tuve un sentir muy fuerte de poder hacer lo mismo cerca de mi barrio.

Desde hace unos cuantos años hago trabajos de pintura decorativa, reciclado y artesanías, no tenía ningún conocimiento sobre el tema de salud. Sin embargo, me pareció importante prepararme y estudiar para poder ayudar de manera competente. Y para lograr mi objetivo de formar un nuevo Hospice, debía capacitarme.

A los 40 años no estaba en mis planes hacerlo pero el entusiasmo y la motivación interior fueron tan fuertes que comencé a estudiar enfermería y hoy estoy a unos días de recibirme. Fue un tiempo intenso, de mucho esfuerzo, de sacrificio, pero a la vez de una alegría inmensa. Porque cuando uno tiene una meta clara hacia dónde ir, a pesar del cansancio que inevitablemente aparece, la alegría brota de manera abundante, confirmándonos que es el camino correcto. El entusiasmo continúa, claro indicador de rumbo.

¿Cómo es tu voluntariado en hospitales públicos?

 Mi voluntariado es variado, dependiendo de dónde esté. El año pasado hice mis prácticas de enfermería en el hospital de Moreno lo que me permitió descubrir al equipo de paliativos. Un grupo reducido de dos médicas y dos enfermeros que atienden con mucho amor y esfuerzo. Fue ahí que golpeé la puerta y me ofrecí para ayudar en lo que sea. Mi intención era aprender. Allí, por ahora, colaboro con mi arte para que los pacientes puedan expresar sus emociones, puedan administrar la ansiedad a través de diferentes expresiones artísticas, en especial a través de la pintura y de la escritura. También colaboro como voluntaria en el Hospice Buen Samaritano. Allí el trabajo es diverso, desde limpiar un baño, doblar ropa, sentarme al lado de un huésped, a veces reír juntos y otras llorar. La mayoría de las veces es solo escuchar. Algo indispensable en esta área. Más que palabras, el silencio muchas veces, es la respuesta ideal.

¿Cómo te sentís haciendo lo que hacés?

Lo puedo sintetizar con dos frases: Me siento feliz, me siento dichosa. Confiada en que estoy haciendo lo que tengo que hacer. Conectada con los planes de Dios, el Gran Artista, como lo llamo yo, quien es el más interesado en darse a conocer a través del amor que damos.

¿Cómo es el vínculo con los pacientes?

La idea es poder entablar una relación terapéutica que posibilite la confianza mutua para un mejor acompañamiento. La empatía es fundamental. Ponerse en el lugar del otro y no mirarlo “desde arriba”.

¿Qué cosas sentís que les das a ellos? ¿Y qué te brindan ellos a vos?

Lo principal que les doy es tiempo. Tiempo que es vida, cariño, amor, dedicación. Intento brindarles compasión, no lástima. Intento mirarlos a los ojos. Estar presente en toda mi persona. Hago lo posible por no dar respuestas rápidas. Por aprender a escuchar. Atenderlos como me gustaría que me atiendan a mí.

Los pacientes me enseñan. Cuando estás con alguien que se encuentra al final de sus días, suceden cosas especiales. Muchos terminan su estadía terrenal con una aceptación de su finitud que les permite morir bien y que sus familiares sufran en una menor medida. La muerte es parte de la vida. Hablar del tema es muy importante. Mirar a la muerte a la cara, saber que todos vamos a morir nos impulsa a vivir mejor. Muchos pacientes me han enseñado a ser agradecida. A darle valor a las pequeñas cosas. A disfrutar de lo cotidiano.

¿Recordás alguna anécdota?

Recuerdo varias experiencias. Pero en particular me viene a la mente una que me marcó hace unos días atrás. Estando con un paciente que ya no podía hablar, estaba muy débil y me tocó atenderlo. Él sólo atinó a darme la mano, yo intenté decirle algo, pero no supe qué. Las palabras sobraban. Me quedé en silencio. Sólo lo miré a los ojos, le sostuve la mano con firmeza y oré en silencio. A los días murió. Me quedó grabada su mirada y confío en que algo sucedió en ese momento.

Hace unos meses Analía, que se define como narradora de la vida, presentó su libro Mi escondite público (2019) que se compone de más de 60 relatos. En uno de los capítulos, “Da lo que sos”, escribe:

“Es parte de nuestra obligación como seres humanos hacer una donación de las virtudes y talentos nuestros. De nuestra experiencia dolorosa también, porque alguien seguro está necesitando ese aliento, ese testimonio verdadero de otro que ya la pasó. Es así, hoy mi sugerencia es que debemos entregar de forma generosa lo que la vida nos concedió y nos enseñó, las capacidades, aptitudes, carácter, atributos o como le quieran llamar, a nuestros compañeros de ruta. Y de esa manera nutrirnos entre todos y hacer germinar a los que vienen.

No te guardes para vos, ni tampoco te la creas. Solo da, así nomás, como te salga. Lo que tengas, lo que sos, sin esperar nada a cambio. Vas a notar un cambio en tu interior y claramente le vas a hacer bien a otros.

¿Cómo comparte tu familia el hecho de que hayas descubierto tu misión?

Cuando decidí comenzar a estudiar siempre prioricé el bienestar de mi familia. Con mi esposo tenemos cinco hijos que van desde los 10a los 20 años. La demanda en casa siempre es intensa, variada y grande y nunca quise descuidar sus necesidades. Su acompañamiento y su bienestar fueron el termómetro para medir si estaba haciendo lo correcto. Mis hijos siempre me han expresado su entusiasmo por lo que yo hago y son partícipes, en alguna medida, escuchando mis vivencias y proyectos.

¿En qué radica la importancia de que todos encontremos nuestra misión en la vida?

Es el motor que nos impulsa a avanzar con alegría y con entusiasmo. Nos hace sentir plenos, felices. Nos da un sentido a la vida. Nos saca del desánimo, de la desidia y del vacío existencial. Descubrí que nuestra misión en la vida, “mi misión en la vida” no se trata de “mí”, se trata de ocuparme del otro. Cambiar de paradigma.

Facebook: Analia Duo de Snyder

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