EL DEBER ES RECORDAR.

Se cumplen de 25 años del atentado a la AMIA. El legado de mantener la memoria activa.

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Para los sub 25: el 18 de julio de 1994, en Pasteur 633, a las 9:53 de la mañana, una bomba se llevó la vida de ochenta y cinco personas y dejó a más de trecientas heridas.
El acto terrorista más sanguinario de la historia de la Ciudad de Buenos Aires y también de Argentina como país. 25 años después no hay culpables, ni responsables, ni cómplices cumpliendo condena alguna. Solo quedaron ochenta y cinco vidas interrumpidas, sin terminar de vivirse, arrebatadas de sus familias que quedaron rengas, huérfanas, agujereadas. Quedan estos mismos familiares peleando contra el tiempo para que el olvido no se lleve a las madres, los hermanos, los hijos, los tíos que se quedaron atrapados en el año 94. No, justicia no queda. Queda contar la historia -todos- para que el paso del tiempo no se lleve la memoria de los que quedaron bajo los escombros.
El tiempo pasa. Pasaron veinticinco años. Lo único que se renueva es el reclamo de justicia, la esperanza de que el atentando no quede impune. Contarles la historia a las
nuevas generaciones. Es responsabilidad nuestra, está en nuestras manos que la memoria se mantenga activa. Esta es una de las búsquedas de la interesante campaña audiovisual que proponen desde la dirección de Arte y Producción de AMIA para este año: “acercarse a personas que no tienen memoria vivencial del atentado”.
Por eso “Cumpleaños”, una propuesta audiovisual que nos muestra a un grupo de jóvenes que nacieron el 18 de julio de 1994 hablando sobre sus vidas. ¿Cuáles fueron
sus primeras palabras? ¿cómo fue su infancia? ¿y la adolescencia? ¿qué hacen ahora que son adultos y cumplen veinticinco años? “Estos jóvenes representan el tiempo robado a las víctimas fatales”, dice Elio Kapszuk, director de Arte y Producción de AMIA. Pero también representan los años de impunidad. Son veinticinco años.

PERO ¿QUÉ SON VEINTICINCO AÑOS?
Para Gabriela Rodríguez es toda su vida. Tenía ocho meses el día del atentado. “Tengo veinticinco años y vivo cada día con una ausencia irreparable. Silvana Alguea de
Rodríguez trabajaba en el área social de la AMIA. “Mi mamá no se murió” -dice Gabriela. “A mi mamá la mataron”. Le pone la voz a su historia.
“Mamá” es una realización de Juan Pablo Zaramella. Una secuencia de fotos estáticas que simulan movimiento. La premisa es que “no existe construcción del presente sin el
entrenamiento permanente de la memoria”. Es una frase archi conocida e incluso armada pero por eso no deja de ser verdad: “un pueblo que no conoce su historia está
condenado a repetirla.

“Mamá” no es un homenaje más, un recuerdo genérico o institucional. “Mamá” es
Silvana Alguea, es la ausencia de una mamá en la vida de una bebe recién nacida, una
niña que crece sin repuestas, una adolescente que la va quedando lejos la mamá, una

adulta que solo le queda el recuerdo. “Mamá” nos interpela porque nos cuenta una
historia. No es solo una víctima, es una vida con nombre y apellido que dejó de vivirse.
Nos llama a pedir justicia, a reclamarla con más ímpetu, a no dejar que el tiempo vuelva
normal la impunidad.

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