Casi a los 60 cumplió el sueño de entregarle el título de la secundaria a su papá

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“Cuando bajé del escenario con el diploma, mi padre me abrazó muy fuerte y llorábamos los dos”, se emociona Gladys.

Cuando terminó la primaria, el papá de Gladys Iaria (59) la había anotado en un colegio secundario de Villa Ballester y gracias a su ayuda (le tomaba las lecciones) y a su motivación pudo finalizar Primer Año. Sin embargo, a ella le costaba mucho retener lo que aprendía en las clases por lo que decidió abandonar para dedicarse a la peluquería y a la manicuría, áreas en las que empezó a trabajar desde los 12 años.

Los años fueron pasando, Gladys se casó con Daniel y tuvieron a Andrea y a Daniela. A medida que sus hijas fueron creciendo comenzó a sentir que tenía una deuda pendiente: retomar el secundario para poder recibirse y entregarle el título a “Tito”, su papa. Ese era su sueño. Sin embargo, como en aquel momento solo se podía estudiar de noche, discusiones mediante con su esposo, terminó desistiendo.

“Necesitaba hacer cosas por mí”

Sin embargo, dicen que para lograr los sueños hay que tener persistencia, perseverancia y constancia. Además, hay que visualizarlos para en algún momento poder cumplirlos. Y eso hizo Gladys, más allá de que en su caso la concreción de ese deseo se iba a demorar un poco más de lo previsto.

En el año 2014 comenzó a hacer el curso de Organización de Eventos en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). “No dudé en hacerlo, necesitaba hacer cosas por mí y sentir que también sabía y valía como los demás. Lo hice acelerado en un año porque me encantaba y con todas notas excelentes. Me recibí con mucho orgullo, ese día mi esposo estaba ahí y creo que en ese momento se dio cuenta de la importancia que era para mí seguir estudiando”, recuerda Gladys.

Por aquel entonces Gladys se dedicaba a hacer artesanías, daba clases particulares en su casa y vendía souvenires. No obstante eso, en su cabeza le seguía picando el bichito de retomar la secundaria.

Volver a empezar

Al poco tiempo se enteró del programa Fines, un plan de estudios otorgado por el gobierno para que, a través de los municipios, todas las personas mayores de edad pudieran terminar su secundaria. El sueño de volver a estudiar y de cumplir con la promesa de entregarle el título a su papá parecía algo no tan lejano. “No dudé en anotarme y mis hijas estaba felices de que yo cumpliera mi sueño. Mi esposo también me acompañó y mi nieta (Millie) me dijo que me iba a ayudar en todo”, se emociona Gladys.

De esa forma Gladys comenzó a cursar dos veces por semana entre cuatro y cinco horas por día. Y sin saberlo, terminó compartiendo la cursada con su hija menor, Daniela, que tampoco había podido seguir estudiando por algunos problemas de salud. “La cursada fue un verdadero sueño, la disfruté muchísimo. Había compañeros de varias edades, éramos 10 grandes y los restantes tenían entre 19 y 30 años. Particularmente,  me sentí más joven, disfruté cada momento, había discusiones entre compañeros por temas de materias, pero siempre respetaban en cierta forma a los mayores considerando nuestra experiencia”, dice Gladys. Y agrega: “El vínculo fue muy bueno, me tenían como la líder del grupo. Con los profesores la relación fue muy buena ya que ellos nos trataban a la par considerando la edad y viendo nuestra responsabilidad”.

“Cuando llegué me estiró los brazos, me abrazó muy fuerte y llorábamos los dos”

El 12 de diciembre del 2018 llegó el día tan esperado por Gladys y su familia. La entrega del título se llevó a cabo en el auditorio del «CEMEF» en José León Suárez. “Al entrar me encontré con la sorpresa de que la preceptora me dijo que iba a llevar la bandera de ceremonias y lo primero que pensé fue en el orgullo que iba a tener mi padre. Me emocioné muchísimo, pero también estaba muy nerviosa. Me sentía una chica joven de secundaria, no lo podía creer. Me temblaban las manos y deseaba ver a mi padre”.

Ese día fueron a verla sus hijas, su nieto, su esposo, su hermana y, por supuesto, sus padres.  “Cuando estaba todo listo la preceptora nos dijo de avanzar y se me aflojaron las piernas, solo quería girar la cabeza y ver a mi padre. Subimos la escalera del escenario y mientras cantábamos el himno yo miraba a mi padre como se secaba las lágrimas de la emoción. Fue hermoso”, llora Gladys.

“Cuando baje del escenario con el diploma mi padre ya se había levantado de su asiento y me esperaba, cuando llegué me estiró los brazos, me abrazó muy fuerte y llorábamos los dos”, recuerda Gladys.

-Hija: que feliz estoy, nunca imaginé que me dieras esta gran alegría a esta edad –le dijo su papá, que tiene 86 años.

-Papi: esto es tuyo, te lo debía –le contestó su hija.

-Jamás me voy a olvidar de este día –cerró su papá.

En esta historia la protagonista es Gladys. Pero lo importante es que cada uno puede ser artífice de su propia historia. A veces, los sueños pueden cumplirse en poco tiempo y en otras oportunidades (como en su caso) hay que esperar bastante tiempo más. Eso por eso que no debemos dejar de soñar, de tener proyectos, de pensar nuevas metas, diferentes retos. Y no tenemos que quedarnos sentados esperando que ese sueño nos venga a golpear la puerta, sino todo lo contrario: planificar, trabajar, ser pacientes, pero a la vez perseverantes. Buscar un plan B si el A no funciona. No hay que claudicar ni bajar los brazos cuando algo no sale de la manera en que la pensamos. Si estamos convencidos de lo que queremos alcanzar, tarde o temprano lo vamos a conquistar.

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