UNA FOTO, UNA HISTORIA

El amor no entiende de fronteras

israel

Juliana vive en la Alta Galilea mirando hacia el horror de la guerra. 

La emociona ser parte del país que ha ofrecido y aún lo hace, ayuda hospitalaria a los heridos de guerra. 

Juliana sabe.

Que a pocos pasos de su casa el horror es dueño: de las noches sin descanso, de los sueños marchitados, de los miedos que penetran.

Sabe que allí la muerte es una visita diaria.

Sabe de los sufrimientos y las mutilaciones y los llantos.

Porque escucha, porque huele y porque ve .

A pocos pasos de su casa se desarrolla una pelea infinita entre humanos. Desgarradora. Persistente. Incansable.

Y ahí entonces, muy cerquita de esa frontera triste de tanto ver sufrir, se levanta el hospital donde su marido trabaja.

En ese hospital cada día la humanidad dice presente, aquí estoy.

Ya que allí tiene lugar uno de los valores más profundos y esenciales del ser humano: la compasión.

Se atienden heridos de guerra que necesitan ser curados, ser mirados.

No importa el credo, la religión o el país al cual pertenezcan, llegan hambrientos de atención. 

Son víctimas de odios que los trascienden y que heredan, sin pedir permiso.

Y llegan y llegan y no paran de llegar.

Y los médicos,  hambrientos también de necesidad de dar, 

ofrecen una cama, amparan , cobijan , a todo aquel que viene del horror.

Piensa Juliana: ¿aprenderemos?

¿Qué nos hace falta como raza, como seres habitantes de un mismo planeta para aprender la lección?

La del amor, por supuesto.

El amor es el único rival que la guerra no podrá nunca derrotar.

Desarticula toda estrategia.

Impide una negociación.

Y de eso no hay dudas : lo que sucede diariamente en ese hospital, es una lección de amor.