PERSONAS QUE INSPIRAN

Una madre y su hijo recuperan el vínculo que la adicción a las drogas les quitó

Una madre y su hijo recuperan el vínculo que la adicción a las drogas les quitó

Conocé su historia y cómo fue el camino que recorrieron juntos.

 

“Sonreís....sonrío  ”. Parece una simple publicación en las redes sociales pero no lo es. Cecilia Fassinato disfruta viendo la cara de uno de sus tres hijos, Ian Cánepa, un domingo, en una confitería, en uno de los días que le permiten salir a visitar a su familia.
Desde hace casi 8 meses se encuentra internado en una fundación para recuperarse de su adicción a la cocaína que lo tiene atrapado desde los 18 años.
En pocos días le van a dar el alta. Ambos esperan ansiosos esa fecha, madre e hijo. Se trata de una historia de amor, de idas y vueltas, de enojos, de reconciliaciones y de superación personal. Pero, por sobre todas las cosas, los dos saben (cada uno desde su lugar) que se trata de apostar por una nueva oportunidad para recuperar ese vínculo que durante mucho tiempo estuvo dañado.

A los 13 años Ian comenzó a consumir tabaco, después marihuana y más tarde alcohol. A los 18 arrancó con la cocaína y, aunque durante algunos períodos se alejó de la adicción, esa sustancia le arruinó su "sano juicio", como él dice. “MI vida era caótica, consumía mucha droga, alcohol, iba con mujeres pagas, era un infierno, no salía de un departamento de tres por tres, vivía para consumir y consumía para vivir, estaba convencido de que en algún momento iba a poder salir solo”, dice Ian, ante la atenta mirada de su mamá.

A los 23 realizó un tratamiento ambulatorio en un centro, aunque apenas estuvo unos meses sin consumir. Además, por aquellos tiempos trabajaba en un boliche donde hacía “negocios turbios”, por las noches se iba a jugar al casino, llegaba a su casa en un estado “lamentable” y al día siguiente se levantaba como si nada. Su mamá intentaba ponerle límites, pero él asegura que en ese momento pensaba que su vida era perfecta, que estaban todos equivocados menos él.

Cecilia recuerda que en aquel entonces su hijo del medio se le iba de las manos. “Él me manipulaba, era muy seductor y yo me desarmaba, pero en estado de consumo era la persona más oscura, me pedía perdón por lo que hacía y yo, por miedo, pensaba que si le compraba unos botines o una playstation él no iba a salir a consumir. Cuando me di cuenta y se lo dije, él siempre me lo negó”.

¿Una última oportunidad?

Era diciembre del 2017. Como consecuencia de la adicción Ian estaba destruido físicamente pero seguía pensando que podía salir solo de esa situación. Para ese entonces, ya no tenía contacto con su familia. Hasta los había bloqueado de su celular. Una noche llamó por teléfono a una amiga para comentarle el infierno por el que estaba pasando. Se sentía acorralado. Si bien no quería darle la razón a su mamá, estaba pensando en la posibilidad de internarse en algún lugar para intentar dejar de consumir. Se trataba, posiblemente, de su última oportunidad porque, como él asegura, se estaba muriendo y no entendía por qué seguía vivo. Esa chica le dijo que había ubicado a Cecilia y que estaba yendo para su casa. “Cuando vino mi mamá le pedí plata para comprar unos perfumes para poder salir a venderlos ya que la venta siempre había sido donde mejor me había desenvuelto. Pero con la plata que gané volví a consumir. Tenía que pagar deudas del juego, estaba con miedo, había pensado en viajar a Jujuy a lo de un amigo, pero también pensaba que podían ir a buscar a mi familia”, recuerda Ian.

Se acercaban las fiestas de fin de año. Era martes. Con el poco juicio que le quedaba, decidió llamar a su mamá y a su hermano mayor (Martín) para comentarles que creía que lo mejor era internarse. En ese momento se acordó de que unos meses atrás había conocido a Rodolfo "Rolo" Mohamed, una persona que había consumido durante 23 años pero que hacía 6 que ya no lo hacía. Después de superar su adicción, Rolo se recibió de Psicólogo Social, de Operador Terapeútico en Drogadicción y de Acompañante Terapeútico. En 2016 fundó Resiliencia Asociación Civil, una institución dedicada a la rehabilitación, prevención y asistencia de las adicciones. De esa forma Ian decidió internarse el viernes siguiente y el jueves consumió una vez más como una especie de “despedida”.

 

Resiliencia

Durante el viaje desde Caballito hasta la fundación, ubicada en Lomas del Mirador, Ian estaba incontenible en su afán de no querer internarse. Una vez que llegaron, esa sensación se fue acrecentando aún mucho más.

-Si les cierra el tratamiento en la institución, ustedes en ese momento se van y su hijo se queda acá –le dijo un operador a Cecilia.

-Pero estamos cerca de nochebuena, Ian va a hacer los huevos rellenos –le contestó, inocentemente, Cecilia.

-Para el adicto la nochebuena es la peor noche del año.

Ian estaba muy enojado, no se quería quedar y permaneció durante 5 horas sentado en un sillón al lado de la puerta. Estaba decidido a irse. Sin embargo, se quedó. “Los primeros 10 días fueron durísimos, estaba negado, no cumplía con las tareas asignadas como, por ejemplo, hacer mi cama, limpiar la habitación y tampoco formaba parte de los grupos terapeúticos. Lo único que hacía era bajar para comer y hablar solo con los tres o cuatro chicos que estaban en mi misma frecuencia”.

A medida que fue pasando el tiempo comenzó a tomar conciencia, aunque con bastante rebeldía, de que debía aprovechar la oportunidad que se le estaba presentando. Entonces, empezó a pedir ayuda para levantarse temprano y comenzó a ir a los grupos.

Cuando empezó a tener la posibilidad de gozar de las salidas durante los fines de semana, fue a la casa de su mamá. En ese momento Cecilia le puso límites, Ian no los toleró, le levantó la mano y se fue a la calle donde permaneció 8 horas. Esta vez, eligió no consumir y  volver a la fundación al día siguiente.
Claramente, ese episodio fue un antes y un después en su tratamiento.

Grupos de pares para Ian y para Cecilia

De a poquito Ian se fue enganchando con las palestras, que son como clases en el pizarrón sobre diferentes temas vinculados a la enfermedad.
“El adicto empieza a recuperarse cuando toma conciencia de que está enfermo y lo mejor es conocer la enfermedad”, dice Rolo, quien lo incentivó a recuperarse. Trabajaban con palestras sobre los resentimientos, las comparaciones y las relaciones tóxicas, entre otros temas. También se interesó por los insight, donde a través de la música y con los ojos cerrados, podía conectarse con algunos sentimientos que florecieran para luego pasar al frente del grupo y comentar sobre lo que le estaba pasando o sobre lo que sentía.

“Estar entre pares es fabuloso, primero recuperé amigos, yo había llegado acá sin amigos, son chicos que tienen la misma problemática que yo, me aceptan como soy. Me preguntan cómo me fue cuando salgo a trabajar, siempre me reciben con amor, eso me cambió la vida. Hoy estoy empezando a conocer a una chica y les pido ayuda todo el tiempo a los chicos, no tengo drama en decir que no sé relacionarme con una chica. Me apoyo en todo con ellos, la vida así ,creo que es mejor”.

Su madre también comenzó a asistir, jueves de por medio, a los grupos de familiares coordinados por Marisa, la esposa de Rolo. “Es un grupo en el que encontré amigos, donde nos contamos lo lindo, lo feo, lo bueno y lo malo. Hay mucho amor y solidaridad, somos todos iguales, somos familia, hay un común denominador porque a todos nos pasan las mismas cosas”, cuenta Cecilia.

El tratamiento que ambos están terminando ayudó mucho a sincerar y a mejorar el vínculo entre madre e hijo. “Yo pensaba que estaba enojado con mi mamá, pero en realidad estaba enojado conmigo mismo por haberme lastimado y por haber tratado mal a mi familia. Lo que pasó ya no lo puedo cambiar, pero sí puedo ser responsable, puedo ser una persona presente, amorosa y poder disfrutarla, abrazarla, quererla y cuidarla a mi mamá que estuvo conmigo desde el primer día, siempre fue incondicional”, dice Ian, muy emocionado.

“Siento que recuperé la confianza en él, ahora puedo dejar mi billetera en casa a la vista, lo veo bien, volvió a tener amigos, ¿sabés lo que significa para mí que él se ría? Le van a dar de alta y esta vez no tengo miedo, estoy entendiendo que va a depender de él, que yo lo puedo acompañar, pero que depende de él”.

El alta

“Hacemos un tratamiento paralelo entre familiar y paciente, en este caso fue de la mano porque Cecilia acompañó siempre, hizo caso. De alta se van los dos, nosotros vamos poniendo pruebas sin que ellos se den cuenta. Ian es una persona libre, él se ganó su libertad. Nosotros simplemente lo ayudamos y lo acompañamos en el proceso, no regalamos nunca un alta, estamos convencidos de que cuando damos un alta la persona puede sostenerlo, cambiar su vida y ser feliz. Con el equipo terapeútico estamos convencidos de que Ian tiene todas las herramientas para no volver a consumir, por eso se va. Tiene que seguir su proceso, ahora viene la hora de poner en práctica todo lo que aprendió acá. Esto es una pequeña escuelita de la vida, pero la vida está ahí afuera, llega un momento en que se tienen que ir y Ian se va por la puerta grande”, dice Rolo.

El tratamiento ambulatorio, explica el fundador de Resiliencia, consiste en sostener afuera todo lo que Ian quiera hacer. “Nosotros lo vamos a ayudar, él tiene que buscar lo que le haga feliz. Creo que lo que tiene que hacer es disfrutar de su vida, de su recuperación”.

Ian trata de vivir el “solo por hoy” y lo que anhela es empezar el curso de operador para aprender más sobre la enfermedad y el día de mañana poder tener otra salida laboral, además de las ventas. “Tengo una nueva oportunidad, no sé lo que quiero, pero sé lo que no quiero, por eso tengo que acordarme todos los días como llegué, no alejarme de mi familia, mandarles un mensaje, contarles cómo estoy, entender que tengo que hacer un duelo con mis pensamientos, aceptar que tengo una enfermedad y que estaba equivocado. Estoy contento por esta nueva oportunidad”.