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Padeció bulimia y anorexia, hoy es profesora de gimnasia y apuesta a la vida saludable

Padeció bulimia y anorexia, hoy es profesora de gimnasia y apuesta a la vida saludable

Conocé la transformación positiva de Débora y cómo fue su camino hacia la recuperación.

-Se me ocurrió una idea –le dijo a Débora su mejor amiga cuando ambas tenían 15 años.

-¿Cuál? –le preguntó Débora.

-Conozco a una chica que come y después vomita, así que podemos comer lo que queramos total después lo vomitamos y listo –le propuso.

-Espectacular –le contestó Débora.

Así recuerda Débora Gotlib (50), a la distancia, su entrada al mundo de los trastornos de la alimentación que la tuvieron presa durante cinco años hasta que comprendió que debía ponerle un punto final a tanto sufrimiento innecesario.

Aislada y deprimida

Débora cuenta que cuando empezó a experimentar esas conductas su principal problema era que no le salía vomitar. Había dos o tres días en los que no comía y, además, consumía laxantes.

 “Cuando empecé lo hice en un estado y cuando terminé lo hice en otro, tuve bulimia hasta los 20 años, para mí fue mucho, eso no es solamente una conducta alimentaria, fui entrando en un pozo donde me desvalorizaba, no lo podía controlar ni manejar, estuve aislada, deprimida, no recuerdo haber ido a alguna fiesta de 15. Es una enfermedad de mucho auto-maltrato”, confiesa.

Por aquellos tiempos Débora tomaba laxantes con el único objetivo de expulsar a cualquier precio todo lo que ingería.

“Cuando vos estás en este mundo la comida, la dieta, el peso y la balanza es lo único que forma parte de tu vida, no te pasa otra cosa. Yo cortaba una manzana en más o menos 100 pedacitos, los decoraba, les ponía edulcorante, los comía con cuchillo y tenedor y podía tardar exactamente una hora en terminarlos. Era como una conducta obsesiva, como que me iba fanatizando cada vez más. La bulimia está muy pegada a la anorexia, a veces me iba de un lado y a veces del otro. Mi peso normal antes de enfermarme rondaba entre los 58 y los 60 kilos y en esa etapa llegué a pesar 54 como poco y 78 como mucho. Era maltratar mucho al cuerpo”.

En los años en los que estuvo enferma, Débora no comía delante de la gente para evitar ser observada y juzgada. Su mamá, sorprendida, no entendía por qué razón engordaba, mientras que su hermano era quien se daba cuenta que ingería a escondidas.

“Así como me enfermé con una amiga, me curé con otra amiga”

Cuando tenía 20 años Débora se hizo amiga de una chica que, en confianza, le contó que estaba atravesando por una situación muy similar a la suya. Encontró a alguien que le estaba ocurriendo lo mismo, se sintió identificada, contenida. En ese momento comprendió que no era la única que estaba viviendo esa circunstancia. Y ese fue el disparador para empezar a tomar consciencia de que debía pedir ayuda ya que no quería seguir viviendo de esa forma. En ese momento se lo contó a su familia y asegura que fue más shockeante para sus padres que para ella.

Durante un mes Débora concurrió a ALUBA y después comenzó a tratarse en una clínica privada, en su momento se llamaba TIBA, donde era atendida en forma interdisciplinaria por un psicólogo, una nutricionista y una médica. Además, participaba de la terapia grupal. “Entré diciendo que hasta que no me curara no me iba a ir del lugar. Escuchando al otro es la única forma de conectarte con lo que te está pasando. Durante un mes yo no abrí la boca en la terapia, lo único que hacía era llorar mientras las demás chicas contaban sus experiencias”, relata.

A partir del tratamiento, Débora se empezó a conectar con lo que le estaba pasando y de a poquito se fue soltando para contar en primera persona el infierno por el que había pasado durante cinco años. “Se trabaja mucho lo grupal, cómo te haces tu lugar, como contás lo que te pasa, cómo te haces escuchar. Mi primer paso fue la terapia grupal donde pude reconectarme con algo y la segunda etapa fue la terapia individual porque me empecé a dar cuenta que habían temas que solo me pasaban a mí y que necesitaba trabajarlos en forma individual”.

Transformación

Tras dos años de tratamiento, Débora recibió el tan ansiado alta. “La sensación que tuve en ese momento fue que si había podido superar la anorexia y la bulimia, podía estar preparada para cualquier nuevo reto”.

Evidentemente, se trataba de un antes y un después en su vida. Era el momento para apostar definitivamente por los sueños y por la vida. Atrás habían quedado esos instantes dolorosos que, de todos modos, le permitieron hacer el clic.

Mientras luchaba contra sus trastornos de la alimentación, Débora estudiaba el profesorado de Educación Física. Una vez que empezó a trabajar como docente tomó en cuenta su experiencia personal para hacer hincapié en una alimentación y una vida sana. “Quería respetarme desde el cuidado, no estando flaca o gorda, sino saludable. Darle al cuerpo lo que necesita: si deseaba una porción de torta, la comía. Empecé a abogar por un mensaje sobre aceptar nuestro cuerpo como se vea, tenemos que aceptar nuestro cuerpo como es”.

Disfrutar del cuerpo

Actualmente, Débora brinda clases de tonicidad, postura, baile recreativo y stretching, entre otros estilos. “Trabajo con alumnas adolescentes hasta adultos mayores y desde la actividad física no te vendo esto de martirizar el cuerpo o de hacer 500 abdominales, sino desde lo saludable y disfrutable”, insiste.

En su página de Facebook “Estudio de Gimnasia Debora Gotlib” suele escribir frases como, por ejemplo, “mi gimnasia no te arruga”, “gimnasia placer”, “es bueno moverse, es bárbaro hacer actividad física, pero por qué no disfrutando el cuerpo y pasándola bien”.

 “Ofrezco un lugar donde te escuchen, donde te acompañen, donde te acomoden las clases para que sientas que todos puedan ser parte y nadie sienta que está perdido, es un espacio donde cualquiera puede hacer una de mis clases. En mis clases son todas unas diosas, nadie está gorda, nadie está vieja, nadie está que no puede. Yo les digo: ´movete con placer, elongá, mímate, cuídalo, sentilo´”.

“Como madre siempre hice hincapié que los más importante era la salud”

Débora tiene tres hijas mujeres de 21, 19 y 11 años y cuenta que habla con ellas acerca de su propia experiencia personal para evitar que se obsesionen con estos temas vinculados a los trastornos de la alimentación.

“Como madre siempre hice hincapié que los más importante era la salud, siempre las acompañé en eso. Tengo tres hijas totalmente diferentes. La mayor es muy flaca y le gusta la onda sana. La segunda me dice: ´me tenés podrida con lo sano, porque yo tengo otra teoría: para mí, la vida es para disfrutarla y yo como todo lo que me gusta´. En algún momento en que me puse densa con ella, terminó llorando y me dijo: ´yo no soy vos, no tengas miedo´. Para mí fue como un quiebre, la miré y le dije: ´tenés razón´ y nunca más le dije absolutamente nada sobre el tema. Y mi tercera hija es como una cosa intermedia de las mayores. Las tres se relacionan sanamente con la comida”.

30 años después de haberse recuperado de su enfermedad, por un lado Débora cree que se trató de una “etapa negra”, de cinco años que se le pasaron, sin haberlos vivido. Pero prefiere hacer hincapié en la parte positiva, en el legado y las enseñanzas que aquella etapa le dejó.

“Por otro lado, sigo pensando en cómo lo pude superar. Lo que decido, lo hago.  Pongo pilas y lo que quiero lo voy a conseguir aunque sea un obstáculo gigante, tengo mucha fe en mí misma. Quizás, hay muchas cosas en las que no podemos solos y es necesario pedir ayuda. Pero estoy convencida  que con ganas, voluntad y energía se puede lograr lo que sea”, cuenta.