PERSONAS QUE INSPIRAN

Una agrupación cumple los sueños de los aborígenes de “El Impenetrable"

Una agrupación cumple los sueños de los aborígenes de “El Impenetrable

Adriana es miembro de "Manos Solidarias" y cuenta su historia como voluntaria.

Siempre que Adriana Simonin viajaba al norte con su marido, por trabajo, observaba con preocupación la necesidad que pasaban muchas familias del norte argentino.

 

“Veía muchos niños que debían estar escolarizados pidiendo para comer, me mataba el destrato de la gente hacia quienes pedían alimentos, me anudaba las tripas, no podía sacarme esas imágenes de mi cabeza”, recuerda, a la distancia.

Algunos años después de aquellos episodios, Adriana,  que es viuda y vive en Leones, provincia de Córdoba, conoció a Fabiana y a Evangelina, dos mujeres que también tenían la inquietud de brindar ayuda a quienes más lo necesitaban y que en 2008 habían creado “Manos Solidarias”, una agrupación que se dedica a recolectar donaciones de ropa, colchones, bicicletas, herramientas, semillas, camas, medicamentos, alimentos no perecederos y útiles escolares.

“Manos Solidarias”

“Manos Solidarias no es una ONG,  todo se hace a pulmón, se realizan rifas, eventos solidarios como peñas y bingos. Los viajes, por lo general, duran una semana y asistimos a comunidades originarias y criollas en estado de vulnerabilidad del Impenetrable Chaqueño”, explica Adriana.

Además cuenta que en “El Impenetrable” viven de la pesca y de la caza. Suelen almacenar la chaucha de la algarroba, que tiene muchos nutrientes para moler, y así poder comer en el invierno. Sin embargo, lo que más le llamó la atención es la pobreza que emana en cada uno de los sitios que le tocó visitar.

“Hay caminos polvorientos que te llevan a la ruta del desamparo y a la marginalidad donde carecen de todo: no tienen agua, luz, salud ni educación. Padecen hambre, Mal de Chagas, Tuberculosis e infecciones en la piel. Manos Solidarias se interna en el monte y convive con ellos o hace base en un pueblo y se sale a la mañana muy temprano al monte y se regresa a la noche. Escucho las necesidades y trato de darles solución dentro de las posibilidades que tengo: se programan y se realizan obras, se van cubriendo necesidades”.

Se iban a quedar un fin de semana y permanecieron un año

En marzo del 2017 Adriana recibió una llamada de la directora de un colegio de artes y oficios mixto (con residencia estudiantil solo para varones) con un excelente nivel humano y profesional.

-Hola Adriana: ¿vos podrás tener por un fin de semana en tu casa a cinco nenas de las etnias chorote y wichis? –le preguntó Daniela Villegas.

-Sí, no hay ningún problema –le contestó Adriana, sin pensarlo.

Y de esa forma recibió en su hogar a Norita (13), Yoeli (13) Fabiola (25), Romina (20) y Samanta (17). El fin de semana se extendió más de la cuenta y las tres más grandes se terminaron quedando durante un año. “Compartimos largas noches de charlas, risas, llantos y enojos. No sé si aprendieron de mí o si yo aprendí de ellas. Aparte de quererlas, me emociona mucho el hecho de verlas superarse día a día, todas con la misma inquietud de recibirse de maestra para volver y enseñarles a su gente”.

El sueño de Josefina

Josefina es una nena de la etnia Qom (Toba) que vive en el paraje “Pampa Chica”, en una comunidad donde habitan 40 familias. Esta joven, cuenta Adriana, sueña con poder tener un vestido blanco y un par de zapatos para su cumpleaños de 15.

“Muchas veces Josefina no come porque no tienen para comer, ella vive con su mamá, que hace artesanías pero no tiene a quien vendérselas. El pedido me lo hizo su padrino así que con Estela (una de sus compañeras de viaje) vamos a cumplirle ese sueño. El cumple es el 23 de marzo pero nosotras vamos a viajar unos días antes para medirle el vestido y hacer los ajustes necesarios. Josefina va a tener su fiesta y vamos a regirnos en base a sus costumbres: globos blancos y rosas como ella pidió, torta, jugos y guiso de arroz para todos los invitados”, se emociona.

Después de todos estos años de voluntariado junto a las comunidades aborígenes, Adriana afirma que no hay nada que le llene más el alma que poder ayudar a estas personas, no solo desde lo material, sino también mediante una palabra de aliento, un abrazo sentido o simplemente estando presente.

Todo un pueblo detrás de una misma causa

Otra de las experiencias que más le gusta compartir a Adriana es cuando conocieron la casa de la familia Méndez,  un matrimonio con 13 hijos. “Estaban sumidos en la última miseria, dormían en una cama hecha de ramas y dos pedazos de goma espuma en el suelo con los perros que tenían sarna, sin agua, sin luz y encendían trapos a la noche para iluminar el lugar si uno de los hijos lloraba”.

Desde ese momento Adriana se propuso mejorarles el rancho en el que vivían. Entonces, comenzó a pensar en la idea de hacer uno con pallets. Sus compañeras de aventura le dijeron que estaba loca, pero, sin embargo, no solo las terminó convenciendo a ellas, sino también a sus maridos, amigos y a todo un pueblo que se montó sobre sus espaldas esa causa. “La casa se construyó en Leones, se enumeró, se desarmó y fuimos once voluntarios a armársela. Son momentos únicos, indescriptibles que cada uno atesora en su corazón. Hoy visito asiduamente a esa familia y siento que la agradecida soy yo”, cuenta emocionada.

“Sueño que le den oportunidades a esta gente, que los capaciten, que les enseñen un oficio, que dejen de morir niños desnutridos. Sueño que nenas de 11, 12 y 13 años dejen de ser madres. Sueño con que se los pueda incluir en el amplio sistema de la palabra, sueño que el jefe de cada uno de esos hogares pueda llevar el sustento a su mesa producto de su trabajo, sueño que cuando pido donaciones me den alimentos y no solo lo que molesta en la casa”, afirma con ilusión.