PERSONAS QUE INSPIRAN

“Me transformé en una mamá que abrazaba y cuidaba a sus hijos no para ella, sino para la vida”

“Me transformé en una mamá que abrazaba y cuidaba a sus hijos no para ella, sino para la vida”

Por el día de la madre entrevistamos a Gabriela Arias Uriburu. Cómo cambió su vida tras el secuestro de sus tres hijos.

“Esquivé el brazo del vigilador y corrí hacia la casa. Y ahí me enfrenté a un panorama desolador. Del living habían desaparecido casi todos los muebles. Comencé a gritar, a llorar. ¡No podía ser cierto! Entendí que Imad se había llevado a nuestros hijos. La tragedia fue como el estallido de un espejo que se resquebraja en miles de pedazos y ya era imposible volverlos a unir. Esa imagen era mi propio pasado. Tuve la certeza que si tomaba alguno de esos trozos en los que había estallado el espejo sería para hacerme mucho daño. Y al mismo tiempo, supe que debía evitar mirarme en ninguno de esos fragmentos. Esa decisión me despertó a mi propia realidad”.

A partir del 10 de diciembre de 1997 ya nada fue igual en la vida de Gabriela Arias Uriburu. Ese día su esposo, con el que estaba tramitando el divorcio, secuestró a los tres hijos de ambos (en ese momento vivían en Guatemala) para llevarlos a Jordania, su país. Karim tenía 5 años, Zahira 4 y Sharif 1 año y 8 meses.

A partir de ese momento, Gabriela comenzó con una lucha inquebrantable para volver a estar con sus hijos. Su caso comenzó a aparecer por todos los medios de comunicación y su valentía, su perseverancia y su espíritu de guerrera la hizo remover cielo y tierra hasta que, por fin, pudo lograr su meta. Sin embargo, ese recorrido no fue fácil y tuvo que sortear varias piedras que fueron apareciendo en el camino. Después de casi 21 años de aquel día, recuerda, a la distancia, cómo fue ese trayecto que debió recorrer junto a sus hijos y también junto a su ex marido.

¿Cómo viviste ese primer año sin poder ver a los chicos?

Lógicamente es un infierno, entrás como en la sala de la locura en donde no tenés mayor registro de cuando dormís y cuando comés. Yo me tengo que sentar a escuchar para que me cuenten cómo estaba en ese momento. Mi vivencia era despertarme y haber soñado con los chicos, fue explosivo, fue una muerte, fue vivir instancias de enorme oscuridad. También me acuerdo de que no me podía dormir, pero sabía que no me quería empastillar porque en la medida en que tomara algún remedio iba a morir mi naturaleza y esto de estar en carne viva para mí era muy importante para, a partir de ahí, desarrollar todo un camino.

En esa anormalidad es en donde aparecen herramientas que vos tenés ocultas. Siempre le digo a la gente que trate de ver en lo que le ocurre qué es lo que hay atrás de lo aparente, lo que estás viendo no es toda la realidad.

¿Qué cosas te fueron pasando después de lo que significó para vos ese estallido?

El mundo está más listo para la perpetración que para la paz. Todo lo que se me ofrecía era perpetrar, era que yo me convirtiera en la madre que contra-secuestrara a sus hijos. Si yo lo hubiera decidido la gente lo hubiera aplaudido, pero prefería sostenerme en ellos tres que para mí siempre fueron una guía. En cada decisión que tomaba los miraba a ellos internamente debiendo despojarme de ese lugar de madre que tiene de propiedad a sus hijos, esto para mí fue vital.
Al haber vivido en forma traumática la separación de mis padres, en el momento en que Imad se llevó a los chicos automáticamente se me unió mi historia de hija junto a la de madre. Esos dos eventos fueron los mejores consejeros y por eso no fui una madre que disputó a sus hijos, sino que hice toda una labor para resolver la situación en pos de los chicos. Eso hizo que yo tomara un lugar de maternidad que los colocara a salvo y no que los pusiera en peligro. Esas decisiones me rescataron a mí, a los chicos y también a su padre porque con el tiempo él fue viendo que todas las decisiones fueron acercarles las orillas a los chicos y que ellos con eso pudieran hacer sus vidas.

Durante ese año que no estuvo con sus chicos, Gabriela cuenta que jamás se le pasó por la cabeza no volver a verlos y que trabajó durante todo ese tiempo con la meta de reencontrarse con ellos.

¿Cómo fue el reencuentro?

Fue muy difícil porque fue pautado por el estado de Jordania. Yo había ido preparada a hacer vida en medio de toda la puesta en escena de adultos. Lo que menos se cuidó fue a los chicos, pero estaba yo ahí y eso era lo importante.

Posteriormente a ese primer encuentro, la Argentina y Jordania fueron creando una dinámica de encuentros una vez por año. En 1999 se produjo la segunda visita que constó de cinco encuentros entre Gabriela y los chicos.

 

¿Qué cosas hiciste con ellos durante esos días?

Me salió la maestra jardinera de adentro y me transformé en la Mary Poppins que llegaba con su valijita y sacaba todo lo que ellos necesitaban. Hasta el día de hoy ellos lo recuerdan. Yo les llevaba todos los alimentos nutricionales que te puedas imaginar, toda la industria argentina que para mí era muy importante que entrara en la dinámica de los chicos. Yo abría las valijas y para ellos era una fiesta: había chocolates Jack, caramelos Sugus, Palitos de la selva con canciones. El primer encuentro lo programamos como el día de la música donde ellos tenían que traer la música y tocábamos los instrumentos, bailábamos y nos disfrazábamos. El segundo día ellos tenían que llevar cuentos, el tercero era dedicado a la pintura y el quinto hacíamos como un sketch donde y yo armaba una especie de escenario. Y el último día siempre era el festejo de cumpleaños de los tres donde, lógicamente, ellos llegaban al lugar donde estaba planeada la visita y cada uno tenía sus regalos.

Al volver de ese viaje, Gabriela comenzó a sentir ataques de pánico por lo que empezó un recorrido que incluyó médicos osteópatas que le decían que su cuerpo así como estaba no iba a poder seguir y que tenía que entrenar como una guerrera para poder irse fuerte a Jordania y vivir lo que tenía que vivir.

En ese momento comenzó a realizar entrenamiento físico con aparatos en un gimnasio, además de las clases de yoga. ¿En ese momento fue que te empezaste a ocuparte un poquito de vos?

Es que no me quedó otra, el especialista que me atendía me decía que era atravesable, que necesitaba que yo estuviera fuerte. Por aquellos días iba a entrenar destruida, llorando sin parar y yo le decía a la profesora que no mirara mis lágrimas porque sino no iba a poder continuar. Después empecé a hacer yoga que para mí fue una puerta de ida, empecé a estudiar porque era lo que me daba toda la fuerza para poder seguir.

¿En qué momento aparece tu decisión de poner en práctica el amor con desapego?

Empezó desde el momento en que yo pensaba que no eran mis derechos, sino el de los chicos y ahí los puse a ellos en superioridad. Entonces, ahí comenzó para mí el amor en desapego y me transformé en una madre con otras características: era una mamá que abrazaba y cuidaba a sus hijos no para ella, sino para la vida. Y no buscaba mi bien, sino el bien de mis hijos. Es una maternidad completamente diferente: no son tus hijos, son primero nuestros hijos y son hijos de la vida.

 

¿Cómo fuiste viviendo a la distancia la adolescencia de los chicos?

En ese momento ya no había restricciones, habíamos llegado a un acuerdo por lo que empecé a viajar mucho más ya sin régimen de visitas. Cuando estaba en Buenos Aires chateábamos por el Messenger. Era recorrer el tema de las novias, los novios, fue maravilloso. Nunca dejó de existir el vínculo con ellos, la gente nos ve hoy y no puede creer que hayamos tenido la historia que tuvimos porque no hay preguntas.

Después llegó el tiempo de las universidades que me hizo estar todavía más presente, aunque tomé la decisión de no instalarme en Europa (donde los chicos estudiaban) para que ellos pudieran resolver sus cosas. Fue una decisión muy íntegra y para llegar a eso tuve que tener muy resuelto lo que supuestamente la vida no me había dado.

¿Qué ves reflejado de vos en tus hijos?

Todo. Zahira se parece mucho a mí físicamente, tiene ojos verdes, todo el mundo se lo dice, ella se ríe, lo mira al padre y le dice: “menos mal que tengo a mi mamá”. A Karim vos lo ves físicamente que es el más árabe pero tiene una forma de desenvolverse muy querendona, muy latino. Y Sharif no se parece físicamente un chico árabe común.

Actualmente, Karim tiene 26, Zahira 24 y Sharif 22. Los varones volvieron a Jordania y están trabajando en las empresas familiares. Y Zahira se recibió como Diseñadora de Interiores, está trabajando y encontrando su lugar en esa profesión.

¿Cómo fuiste transformando tu vida a lo largo de todos estos años?

Las herramientas que yo fui implementando me fueron abriendo para que las personas empezaran a tomarlas. Actualmente estoy dando los talleres de “Mujeres que corren con lobos” donde tomo como referencia el libro de Clarissa Pinkola Estés para trabajar con diferentes temas. Es un libro que a mí me salvó.

Como viajo mucho a dar conferencias al interior del país me cuesta mucho dar las clases de yoga. El año pasado empecé a dar las cápsulas de yoga que constan de 35 minutos de clase y después cada una debe repetirlo en su casa. Este año, a raíz de haberme formado en constelaciones familiares, me animé a abrir un espacio de consulta personal para trabajar con las potencialidades de cada uno a través de diversas herramientas.

¿Con el paso del tiempo pudiste perdonar a Imad?

Eso es algo que me llevó muchos años. El perdón no me sirvió para nada, el perdón no te alcanza porque si uno decide perdonar pero al mes vuelve a aparecer una situación peor a la anterior el perdón no te sirvió para nada porque volvés a estar llena de violencia. Es el trabajo de la víctima y el perpetrador (tema de mi próximo libro) que es una pareja psíquica que está dentro de uno y necesita encontrarse para redimirse en conjunto. Es lo más difícil de una sociedad porque les estás pidiendo al asesino  y a la víctima que se encuentren. Pero solamente en ese encuentro se logra la paz. Es un trabajo que hice yo y por resonancia va iluminando a la familia.

¿Qué le dirías a una mamá o a un papá que está atravesando la misma situación que vos tuviste que pasar?

En primer lugar les diría que todos tenemos fortaleza y que es importante correrse del lugar de víctima. Toda historia familiar llega a tu vida para que vos hagas un camino de resoluciones. El vínculo no depende del juez, depende de vos y la forma de construirlo, aun cuando vos no puedas ver a ese hijo. No lo estás viendo por un tiempo, pero lo importante es qué hacemos durante ese período. Todo lo que sucede es para intimar una conversación con uno mismo. Estoy en un momento en que digo: ´”No quiero que me recuerdes por lo que padecí, sino por lo que resolví y por lo que soy hoy”.

Los hijos respiran a los padres, los hijos son los padres. Ella o él están en el hijo, hay que utilizar todos esos recursos para todo un camino de saneamiento, pero no hay que esperar que ese trayecto lo haga el chico. Ahí es cuando el yoga te dice que cuando se te quiebran los paradigmas, se te parte la vida, es donde hay posibilidad de que emerja otra cosa. Ese es precisamente el momento de la transformación.