PERSONAS QUE INSPIRAN

Sobrevivió a la bomba de Hiroshima y hoy lucha por la paz en todo el mundo

Sobrevivió a la bomba de Hiroshima y hoy lucha por la paz en todo el mundo

Entrevistamos a Junko Watanabe, quien estuvo en Buenos Aires disertando sobre la importancia de un mundo sin armas nucleares.

 

El 6 de agosto de 1945 el mundo entero se sacudió con la bomba atómica que arrojó el ejército de los Estados Unidos sobre Hiroshima (Japón) y dejó como saldo 140.000 muertos.
Junko Watanabe tenía dos años en el momento de la explosión. “Estaba a 18 km del epicentro de la bomba, en una zona rural. Como ese día el clima estaba muy lindo mi mamá estaba afuera de la casa cargando a upa a mi hermano menor, mientras mi hermano mayor y yo permanecíamos jugando en un templo cerca del barrio. De repente, a las 8:15hs empezó a soplar un viento muy fuerte que traía consigo muchos papeles quemados. Mi madre se sorprendió y se asustó. De inmediato salió a recogernos. Al poco tiempo empezó a caer una lluvia negra. Durante varios días yo empecé a tener una diarrea muy fuerte, estaba cada vez peor y mis padres ya se habían resignado a que me iba a morir”, cuenta Watanabe. A la distancia, así recuerda la historia que le contaron sus papás, ya que era muy pequeña cuando esto sucedió. “Yo sigo viva y pienso que es gracias a mis padres y a Dios”.

Las consecuencias de la bomba

Aproximadamente 44 segundos tardó en explotar la bomba. Sin embargo, sus efectos secundarios persisten 74 años después. Miles de sobrevivientes son atendidos por enfermedades relacionadas con el atentado. Como habían previsto los científicos y los militares, la mayoría de las víctimas iniciales fallecieron con la onda expansiva, la energía térmica generada y la radiación ionizante inicial. Muchos otros murieron a los pocos días, semanas y meses posteriores. En total, unas 214.000 personas perdieron la vida por el efecto directo de las bombas.

“Hay mucha gente que nosotros conocemos, que estaban más cerca del epicentro del atentado -como primos y tíos-, desarrollaron cáncer y terminaron falleciendo”, se lamenta Watanabe.

El orgullo de ser una Hibakusha

Después de casarse, Watanabe se mudó a Brasil en 1967. Cuando regresó a Japón, a los 38 años, sus padres le contaron que era una Hibakusha, término con el que se utiliza para describir a los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki.

“Ahí me enteré que había estado expuesta a la radiación. Lo que yo tuve de pequeña fue anemia, pero en ese momento no sabía que había sido por ese tema y no tenía noción de lo que significaba haber estado expuesta de esa forma. No sabía qué tipo de enfermedad desarrollaba y sufría la gente. Sin embargo, cuando tuve 60 años, entré a la Asociación de Sobrevivientes de la Bomba Atómica. A partir de ese momento fui comprendiendo qué era lo que había pasado. Quería entender por qué habían tirado la bomba y cómo había afectado a la vida de las personas”.

Como Watanabe, que actualmente tiene 76 años, no tenía memorias de aquellos duros días de agosto de 1945, no podía hablar de lo que había sucedido. Entonces, empezó a dialogar con personas mayores que habían sido testigos y sobrevivientes del atentado. Sin embargo, a medida que fue pasando el tiempo a esta gente le empezó a costar más referirse al tema y otros fueron muriendo. “Me dio mucha preocupación porque no sabía quién iba a seguir contando lo que había sucedido en Hiroshima. En ese momento pensé que, como sobreviviente, tenía una responsabilidad para asegurarme de que no se perdiera ese mensaje”, confiesa.

“Tengo la responsabilidad de transmitir este legado”

De esa forma, se unió a la Asociación de Paz de los Hibakusha de Brasil en 2003 y ahora es miembro de la junta directiva. Participó en varias negociaciones con el Gobierno de Japón para pedir que se brinde ayuda sin discriminación a los sobrevivientes tanto dentro como fuera de su país, y fue parte activa en Brasil ofreciendo su testimonio y realizando intercambios con personas afectadas por radiación. Además, se unió a la ONG Peace Boat (el Barco de la Paz), una de las organizaciones directivas de ICAN (Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares), que gano el Premio Nobel de la Paz en 2017.

Desde el año 2008, el Barco de la Paz ha coordinado el “Viaje Global por un Mundo Libre de Armas Nucleares: Proyecto Hibakusha del Barco de la Paz”. Hasta la fecha, más de 170 Hibakusha han viajado por todo el mundo dando sus testimonios y abogando por un mundo desnuclearizado.

“Cuando en 2008 me subí al barco de la paz pude conocer muchísima gente que había sido víctima de las guerras y que habían sido expuesta a la radiación por la excavación de uranio, entre otras adversidades. Ver y escuchar tantos testimonios me ha servido mucho. Yo soy una Hibakusha y tengo la responsabilidad de transmitir este legado, en especial a la gente joven para que puedan entender estos hechos para que no se repitan”.

 

¿Qué siente cada vez que brinda su testimonio?

“Aunque yo no tenga memorias, fui recolectando mucha información y he aprendido mucho, he estado escuchando a muchas personas, he visto cosas muy impactantes y cada vez que hablo de todo esto siento que todos esos sentimientos vienen hacia mí y me inspiran a seguir contando esta historia”, responde Watanabe.

Las grullas, un símbolo de la paz

Watanabe estuvo de visita en Buenos Aires en el Peace Boat que estuvo anclado en el Puerto, un evento que contó con SEHLAC (Seguridad Humana en Latinoamérica y El Caribec) como anfitriona. “Conocer a Junko fue muy emocionante, cuando trabajás en temas relacionados con la paz y conocés a sobrevivientes le ponés nombre y apellido a tu trabajo y eso le da mucho sentido”, afirma María Pía Devoto, directora de SEHLAC.

Y en una de las charlas en el barco, de la que participaron niños de edad de escuela primaria, se refirió a la historia de Sadako Sasaki, una niña japonesa que quería curarse de la leucemia que le había producido la radiación de la bomba atómica que cayó sobre Hiroshima. Tras el consejo de su amiga Chizuko, y mientras estaba en el hospital, decidió hacer 1.000 grullas de papel.

“Sadako tenía dos años cuando cayó la bomba atómica como yo. Con este deseo de vivir empezó a armar estas grullas pero al mismo tiempo sabía que cuando sus glóbulos blancos llegaran a los 100.000 ella se iba a morir. Cada vez que recibía los resultados con los análisis de sangre los escondía debajo de su almohada y cuando los estudios arrojaron que, lamentablemente, había llegado a ese número dejó de escribir cartas y de doblar las grullas de papel para beneficio propio, pero decidió armarlas por la paz y por la salud de su familia porque sabía que se iba a morir”, recuerda Watanabe.

Watanabe tuvo la posibilidad de enseñarles a hacer estas grullas de la paz a los chicos que atentamente escucharon esta historia. “Todas estas cartas que Sadako escribía por las noches fueron encontradas tras su muerte y nos dimos cuenta que era una niña muy amable y por eso ahora las grullas son un símbolo de la paz. Quiero que estos niños puedan hacerlas pensando que son elementos que van a traer paz, que vienen con ese mensaje incluido y que van a volar llevando esos deseos a diferentes lugares del mundo”.