PERSONAS QUE INSPIRAN

Oftalmólogo solidario recorre pueblos para atender y operar gratis a la gente

Oftalmólogo solidario recorre pueblos para atender y operar gratis a la gente

Te contamos cómo son los viajes y las emociones que siente Gustavo.

Gustavo Goldman (51) se recibió de Médico Oftalmólogo en el año 1990 y en 1992 comenzó a trabajar en el Hospital Israelita. Después de ejercer durante muchos años su profesión, en 2012 fue convocado por Fundación Judaica para armar un equipo de profesionales (diabetólogos, pediatras, oftalmólogos y dentistas) para atender en forma gratuita en Colonia Avigdor, una localidad del departamento La Paz, en la provincia de Entre Ríos.

 “Colonia Avigdor tiene 2500 habitantes, son personas que están muy aisladas de la vida, la ciudad más cercana que tienen es Villaguay que está a unos 100 KM. Una persona para ver a un oftalmólogo tiene que ir a sacar a un turno a esa ciudad y, tal vez, cuando llega le dicen que no hay más turnos”, dice Gustavo.

La primera vez que viajó, junto al grupo de colegas, no sabía el panorama con el que se iba a encontrar. Lo primero que le llamó la atención, cuenta, es que entró a la sala una nena de unos 12 años que era como una especie de asistente social del pueblo que conocía a todas las personas. “Esta nena me comentó que había una chica que tenía dificultades en la escuela, problemas mentales y no hablaba. Cuando le coloqué los anteojos comenzó a ver y comprobé que no tenía un retraso madurativo, sino que no veía”.

“Soy el hombre más feliz de la tierra”

A partir de esa primera vez, Gustavo comenzó a ampliar el recorrido por otros pueblos como, por ejemplo, Sunchales y Palacios (Santa Fe) y Domínguez, Villa Clara y Sauce Luna (Entre Ríos), entre otros destinos. Siempre con el mismo objetivo: poder atender en forma gratuita, principalmente a los chicos de esas zonas. El primer paso consiste en la revisación, posteriormente se les realiza el diagnóstico y se recetan los anteojos (para quienes lo necesitan) que él mismo los entrega en el siguiente viaje.

“Cada viaje dura tres días, la gente de cada pueblo ya sabe que estamos yendo y cuando ven un auto extraño empiezan a salir de sus casitas y se trasladan a los consultorios que están dentro de los centros comunales. Vimos a muchos chicos, pero nos dimos cuenta que los mayores también necesitan de nosotros y fuimos ampliando el rango. Tratamos de que el momento de atención sea divertido para que la gente se pueda distender”.

En cada viaje Gustavo recorre aproximadamente unos 1500 KM entre la ida y la vuelta. Al principio, iba acompañado de unas personas que lo asistían en las consultas, pero las últimas veces fue con otros oftalmólogos. “La gente que vuelve conmigo en el auto después de hacer esas jornadas está más contenta que los que reciben la atención médica. Yo me voy re contento cuando les entrego los anteojos a los chicos y observo que pueden ver, eso no tiene precio. Soy el hombre más feliz de la tierra”, se emociona.

Poder ayudar a que la gente recupere la vista y las ilusiones

En agosto pasado, a través del Consejo Argentino de Oftalmología Gustavo fue seleccionado, junto a colegas de otros países, para formar parte de un viaje solidario durante cuatro días a la ciudad de Salta donde realizó 100 cirugías diarias de cataratas a personas mayores de 50 años que eran ciegas. Los médicos de Salta, relata Gustavo, fueron previamente a pueblos del interior para buscar personas que necesitaran ese tipo de operaciones.

“La experiencia fue muy superadora para mí, es gente que empezó a ver después de la operación e inmediatamente le cambió el carácter. El primer día no sabían dónde estaban, quiénes les hablaban, estaban asustados y con mucho miedo. Pero cuando me volví me mandaron audios de pacientes que narraban el momento en que pudieron volver a ver. Lo que más me conmovió es la historia de un hombre que tuvo que vender su auto porque no veía y ahora volvió a trabajar. También operé a una chica que es artista y a los dos días me trajo un cuadro que había pintado porque ahora podía ver los colores. Todos los días terminé llorando de emoción”.

Todas estas experiencias lo movilizaron mucho a Gustavo y confiesa que aún sigue conmovido.

“Estoy convencido que uno tiene que ayudar, no existe no ayudar, yo no estoy salvado económicamente ni mucho menos pero uno tiene que dedicarle algo de su vida para ayudar al prójimo como pueda. Yo creo que todo el mundo podría tener un tiempito para hacer algo por los que más lo necesitan. Siempre se puede ayudar”.