PERSONAS QUE INSPIRAN

Dejó todo para irse como voluntaria a Haití

Dejó todo para irse como voluntaria a Haití

Te contamos la historia de Sofía y cómo es su nueva vida.

“Ser voluntario es descubrir que la vida te pide más, que la vida no quiere que pases en puntas de pie por ella, sino que la vivas dejando tu huella,  tu cariño, tu sonrisa, tus manos, dejando todo eso que somos y poniéndolo al servicio de los demás. El voluntario es alguien que descubre en su hacer y desde su hacer toda una manera de ser. Ser voluntario significa descubrir la solidaridad,  no como el resultado de una acción, sino como toda una forma de plantearse la vida. Por eso el voluntario es voluntario donde sea que esté, porque es lo que nace en su corazón. Por eso, el voluntario lo es durante todo el camino, no solo cuando llega a destino”.

Con este comentario que Sofía Pascual (21) escribió hace unos días en la red social Instagram, define con mucha claridad lo que para ella significa ser voluntaria: se trata de una elección, de una forma de vida. Desde hace ocho meses ella está en Haití trabajando en una escuela en una zona rural a cuatro horas de Puerto Príncipe, la capital de ese país. El proyecto forma parte de la Congregación Jesús María (este año cumple 200 años de su creación en Francia) que está presente en muchos países del mundo, entre ellos la Argentina. “Al principio me iba a ir a Cuba seis meses, pero me preguntaron si estaba dispuesta a ir a Haití y les dije que sí, que era un lindo desafío. Yo estaba estudiando Ciencias Políticas y tuve que dejar para dedicarme exclusivamente a trabajar en la municipalidad de San Miguel para poder pagarme el viaje”, dice Sofía.

En febrero de este año viajó a Haití y desde ese momento está viviendo en una casa donde se habla solamente inglés. Sin embargo, confiesa que al principio se quería volver porque se la pasaba estudiando sin entender absolutamente nada el Kreol, el idioma local. Se sentía frustrada porque no podía comunicarse con la gente. “Después de los primeros cuatro meses de adaptación, empecé a ir caminando a la escuela, comencé a hablar con los profesores y arranqué dando clases de inglés a los chicos. A partir de ese momento empecé con unas jornadas de recreación para docentes, donde ellos pueden compartir sus conocimientos y crecer mutuamente. Los chicos del jardín de infantes salían sin saber escribir sus nombres, entonces decidí hacer formaciones para prescolar, después vino el campamento de verano y se fueron sumando más voluntarios”.

Además, Sofía organizó un taller de fútbol tres veces a la semana, un espacio donde los chicos pueden hacer deporte, jugar y correr. “La idea es poder organizar en un futuro algún torneo. Estoy con unos amigos que me hice acá que colaboran conmigo. El problema es que todos piden una colaboración económica y si yo me vuelvo, para que eso, continúe voy a necesitar a alguien que les pueda pagar por su trabajo”, reflexiona.

En 2016, Sofía conoció a Juan Carr en un encuentro sobre líderes para la comunidad y hace poco estuvieron charlando sobre la posibilidad de crear Red Solidaria en Haití.

¿Qué fue lo que te hizo el clic para que tuvieras ganas de quedarte en Haití?

Fue empezar a ver más que nada como la gente en el verano de allá necesitaba que los ayudara para que ellos pudieran cumplir con sus metas, empecé a ver que podía colaborar a medida que empecé a comunicarme. Me empecé a sentir útil en el contacto con la gente que tenía en claro cuál era su propósito y su misión.

¿Cómo es la realidad del día a día allá?

Acá no hay luz corriente, todos tienen celular pero no hay como cargarlo y crearon puestos con paneles solares donde la gente paga para cargar su celular. El agua no es limpia: el que tiene plata puede sacarla de un pozo y el que no la va a sacar del río lo que puede ocasionar diferentes enfermedades. Las vacunas son gratis pero hay mucha gente que no se las aplica porque a los mejor piensan que se las van a hacer pagar en los hospitales.

Hay pobreza, pero también hay mucha gente que quiere trabajar, los mercados están llenos de gente, encuentran como hacer un poco de plata. Es verdad que hay mucha gente que pide plata por la calle, pero la pobreza tiene que ver más en relación a las estructuras: las rutas no son buenas y no hay hospitales públicos para todos. Pero es cierto que acá la comida fuerte es sola una vez al día en la cena.

Cuando yo llegué a Haití la realidad era muy distinta a la que yo me imaginaba en mi mente, para mí lo que se dice sobre este país es muy distinto a la realidad. Mucha gente tiene miedo, piensan que este país es una miseria, pero yo veo que es un país muy fuerte más allá de la pobreza. También pasan cosas buenas y eso es lo que trato de mostrar en el día a día.

¿Cómo es un día típico tuyo en Haití?

Me levanto muy temprano, a eso de las 7, desayuno, salgo para el pueblo donde hay un lugar donde vive gente muy pobre que no tiene vivienda. Actualmente hay 23 personas, por lo general son personas mayores o con alguna enfermedad. Los paso a visitar y después voy a la escuela por un camino que descubrí, que es como una especie de atajo, más o menos tardo 30 minutos caminando. Después de permanecer unas horas en el colegio, vuelvo para el lugar donde estoy viviendo, pico algo al mediodía, hago una mini-siesta y cuando me levanto realizo algunas tareas de oficina, manejo una página web de la Congregación, respondo mails, tenemos conexión a Internet porque hay paneles solares. También hay un jardín de infantes del otro lado del río al que trato de ir, por lo menos, una vez por semana.

¿Cómo es el vínculo con la gente?

La mayoría de las personas arranca pidiéndome plata, me dicen “blanca: tengo hambre” o “dame un dólar”. En el colegio cuando entré les dije que yo no me llamaba blanca, que mi nombre es Sofía, allá todos saben mi nombre. Hay una brecha muy grande entre el extranjero y el local, tiene que ver con lo cultural, con los inicios, con su independencia. Por lo general, las mejores relaciones que tengo son con la gente del colegio, me llevo muy bien con ellos y con los otros voluntarios.

 

¿Qué cosas te cambiaron o te transformaron desde que estás en Haití?

Más que nada aprendí mucho el tema de manejar la ansiedad, poder tener más paciencia y aceptar los tiempos de las otras personas. Yo soy una persona que quiero todo ya y acá tengo que bajar 30 niveles porque todo tiene su propio ritmo. Camino por la calle y saludo a todo el mundo, trato de no pasar de largo sin mirar a la gente, comparto momentos con ellos. Tuve tiempo para parar y ver la realidad de esa gente. En Buenos Aires, quizás, veía a la gente en la calle y sabía que estaban viviendo ahí, pero desde que estoy acá soy más consciente, me paro a hablar con ellos, les digo buen día, aprendí a ver más al otro. Y en ese ver al otro también trato de respetar sus tiempos y sus necesidades.

 

¿Cuáles son tus próximos objetivos?

No sé todavía hasta cuando me voy a quedar, tenía pasaje para noviembre pero me voy a quedar hasta febrero y después tengo que ver cómo vienen las cosas. Está la posibilidad de quedarme hasta junio para terminar el año escolar, para cerrar ese ciclo. A veces, es difícil estar tanto tiempo fuera de casa y se extraña. Hace poco vino a visitarme mi novio y me movilizó bastante. Yo quiero volver a casa para retomar los estudios y para trabajar porque me encantaba lo que hacía. De todos modos, el día que me vuelva para la Argentina mi idea no es desconectarme de ellos ni mucho menos, cuando se pueda seguir viniendo o trabajar a la distancia.