ENTREVISTAS

“La felicidad es un estado de conciencia de todo lo que tenés”

“La felicidad es un estado de conciencia de todo lo que tenés”

Entrevista exclusiva con la escritora y comunicadora Silvia Freire.

 

Silvia es guía vivencial, comunicadora y escritora. Sostiene que todos somos felices, aunque muchas veces no lo vemos o no lo admitimos.

“Hay gente que hizo pactos de no superar a sus padres y no se permite ostentar felicidad. Gente que teme a la envidia y mejor no alardea”, dice.

 

¿Existe la felicidad plena?

La diversión es de a ratos. Felicidad es un estado de conciencia. Ser consciente de todo lo que tenés. Reconocer. Valorar. Celebrar. El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional. Se sufre por capricho porque las cosas no están siendo como uno quiere.

La calesita cerró. Podes patalear, llorar, gritar, pero cerró. El calesitero se fue a almorzar. ¿Vas a perder tu felicidad llorando por lo inevitable o vas a aprovechar el tobogán y los otros juegos?

Frente al dolor inevitable podemos elegir ese camino. El sufrimiento es absolutamente innecesario a mí entender. Podés elegir retornar a ese estado natural del bebé riendo por nada, disfrutando de todo, llorando solo por necesidades vitales: alimento y amor. Valorar tener dos manos, con sus dedos, y la posibilidad de acariciar con ellas y seguís con tus pies, con tus órganos, con tu hogar, con tus seres amados.

Es muy probable que las sustancias que se liberan en un estado de felicidad (la endorfina y la dopamina) vayan en contra de la adrenalina que se necesita para la defensa, para la huida, para el peligro y es posible que la inteligencia del cuerpo diga: “pará con tanta felicidad”. Quizás el temor no es tan enemigo, quizás ese temor aporte a ese sobrevive que exige ese diseño inteligente. Es probable que la felicidad sea el enemigo, ese temor que necesita adrenalina. Quizás no tenga todo que ver con el ego.

¿Qué podemos hacer para evitar ese sufrimiento?

Es una elección. Uno puede declarar “MI PAZ NO SE NEGOCIA” y no ceder. Es un entrenamiento, literalmente tu cuerpo se hace adicto a determinadas sustancias que vos liberás cuando sufrís. Cuanto más hayas sufrido y más haya sufrido tu madre y tu abuela (si venís de familia sufriente) hay que hacer una depuración, un tratamiento consciente para poder lograr esto de “que no quiero esto para mí vida ni para la vida de nadie”.

¿Cómo debería ser ese tratamiento “consciente de depuración”?

Primero tenés que estar consciente cuando dos pensamientos están por copular. Cuando aparece un pensamiento de sufrimiento hay que hacer cosas que nos den placer: bailar una chacarera, un zapateo americano, llamar a una persona con buena onda y, por sobre todo, entrar a Youtube y buscar pensamientos positivos y cambiar la sintonía: escuchar otra radio, salir del cine donde te está aterrando la película y meterte en otra sala a mirar una comedia. Son decisiones conscientes, pero hasta que uno no reconoce su propia adicción y piensa que la vida es injusta, que la vida lo engañó y cree que el sufrimiento es justificado, entonces va a seguir en la misma línea de pensamiento. Yo me he visto caminar desde el pasillo hasta el quincho donde tengo una reunión con mujeres y sentarme en la mitad del jardín porque algo me recordó a mi madre, sentarme a sufrir por mi madre muerta. Y me he visto desdoblándome y preguntarme “qué estás haciendo acá sentada”. Y no me permití quedarme sentada en el masoquismo recordando las cosas que me provocan dolor. Cambio la sintonía, me conecto con lo que me hace bien y después empiezo a ser una adicta al bienestar. Y cuando soy una adicta al bienestar donde percibo que hay mucha crítica o malos pensamientos, me retiro. Mi mundo es otro porque yo ya soy adicta a reírme, a disfrutar, a mirar lo bello, a maravillarme con un paisaje.

¿Todos podemos ser felices?

Somos felices. No lo vemos o no lo admitimos. Hay gente que hizo pactos de no superar a sus padres y no se permite ostentar felicidad. Gente que teme a la envidia y mejor no alardea.

La idea es que pensemos cómo nos vemos llegando en una limusina a la villa en la que viven nuestros padres. Supongamos que vos no podés sacarlos de ahí o que ellos no quieren salir de ahí. En la mente retorcida del “mírame mami, mírame papi no me dejen de querer” tratamos de no tocar esas zonas de desafíos, se deja en relieve el error cometido por los padres. Y uno no quiere dejar los errores de los padres porque ya lo intentó en la adolescencia y le salió mal. Porque el adolescente sí se anima a decir “y vos que sabés”, “y vos que te metés”. Pero después uno termina diciendo que razón tenían mis padres y no precisamente porque tenían razón, sino porque hay algo en uno que trata de hacer los ajustes en la realidad para terminar encontrando ese tipo de jefe que describía el padre o ese tipo hombre que describa la madre. Es como que uno necesita confirmar las creencias porque son nuestras bases. Y creer en nuestros padres también es importante porque si mis padres me mintieron toda la vida es frustrante.

Una persona que de niño vivió en un ambiente donde no le resaltaban sus virtudes y no formaba parte de un entorno saludable. ¿Podrá ser un adulto feliz, con buena autoestima?

Si se adopta, sí. Si se transforma en tutor, sí. Si uno promete serle fiel a su niño interior, sí. Si uno le explica que nadie quiso jamás hacerle daño, sí.

Es muy importante la mirada del adulto diciendo, por ejemplo, “mirá que lindo es el dibujo que hiciste, que belleza es este pájaro”. De esta forma el niño se siente querido, valorado, cuidado, estimulado. Hay un idioma tácito, corporal, y no hace falta hablar mucho para saber si le agrada o no a mamá y a papá. Basta con que alguien de tus seres queridos te mire para que vos sepas si lo que está pasando ahí es agradable o desagradable.

¿Felicidad puede ser sinónimo de alegría?

La alegría es un estado pasajero. Que así y todo puede estar, incluso, en medio de un profundo dolor.  En el velorio de tu ser más amado puede llegar un gran amigo que no veías hace años, que compartió con vos parte de la felicidad que los unió, momentos importantes. Y su aparición puede brindarte una profunda alegría en tu doloroso duelo. Y, finalmente, quizá la felicidad no sea más que el alivio por no estar sintiendo dolor. Si así fuera, alegraos porque momentos dolorosos en los 365 días de cada uno de tus años, pueden contarse con los dedos de una mano.

 

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